Existe una forma de explicar la conciencia que comienza y termina prácticamente en el cerebro: neuronas, sinapsis, actividad eléctrica, neurotransmisores, circuitos y regiones cerebrales. Se estudia qué zonas se activan cuando vemos, escuchamos, recordamos o sentimos algo, y se establecen correlaciones cada vez más precisas entre determinados procesos cerebrales y determinados estados conscientes.
Pero surge una pregunta que no puede ignorarse:
La información es aquello que, mediante señales y estados físicos, establece una relación entre un sistema y aquello que lo rodea o con su propio estado, haciendo posible que una condición del sistema sea modificada, integrada y utilizada en transformaciones posteriores.
La luz; los sonidos; las sensaciones en la piel; los olores y sabores; el movimiento; la temperatura; el equilibrio; el dolor; el hambre; la respiración; los latidos del corazón; la tensión muscular; la posición del cuerpo; la actividad de los órganos. Señales provenientes del propio organismo.
Las voces; los rostros; el contacto; el entorno.
Todo eso es información, aquello mediante lo cual el cerebro entra en relación con una realidad.
La luz, los sonidos, la piel, los olores, los sabores, el movimiento, la temperatura, el equilibrio, el dolor, el hambre, la respiración, el corazón, los músculos, las voces, los rostros y el contacto.
El cerebro no nace con un "yo" completo
Un ser humano no nace sabiendo quién es. Un recién nacido no llega al mundo con una representación completa de sí mismo.
No sabe: «Éste soy yo.» «Éste es mi cuerpo.» «Ésta es mi voz.» «Éste es mi rostro.» «Ésta es mi madre.» «Éste es mi padre.» «Éste es el cielo.» «Ésta es la tierra.» «Soy un niño» o «soy una niña».
¿O alguien recuerda haberse hecho esta pregunta recién nacido?
Un recién nacido y en adelante, no conoce todavía la multitud de categorías con las que posteriormente organizará su propia existencia.
Todo eso se va constituyendo.
¿Y mediante qué?
Mediante información.
El cerebro recibe información del propio organismo y del mundo que lo rodea. Esa información participa continuamente en la transformación de su estado físico y nervioso. La nueva condición del sistema determina cómo será procesada la información siguiente. Las acciones producen consecuencias. Las consecuencias generan nueva información. La memoria conserva parte de las transformaciones anteriores.
Se crea un proceso continuo:
Ese proceso comienza antes del nacimiento y continúa durante toda la vida.
Antes de nacer ya existe información
El cerebro no está aislado de toda información. Existe información procedente del propio cuerpo y del ambiente intrauterino: movimiento, equilibrio, contacto, presión, vibraciones, sonidos, condiciones químicas, ritmos corporales y múltiples señales fisiológicas.
El sistema nervioso en desarrollo no está simplemente «esperando» a que nazca el niño para comenzar a relacionarse con el mundo. Ya está siendo modificado.
En el nivel más profundo opera la información genética, una estructura informacional heredada que determina el diseño inicial del sistema, sus predisposiciones, sus receptores y sus mecanismos primarios de supervivencia. A esa matriz heredada se le suma la información procedente del propio cuerpo y del ambiente intrauterino.
La genética proporciona el plano del edificio y las reglas iniciales del juego. Pero ese mapa biológico no contiene una identidad terminada.
Dos hermanos gemelos tienen los mismos genes, casi el mismo cerebro. Uno crece en un hogar, con ciertas voces, ciertos afectos, ciertas experiencias; el otro gemelo en otro hogar distinto. Con el transcurso de los años ya no quedan dos personas parecidas: quedan dos "yo" distintos, con memorias distintas, caracteres distintos, identidades distintas.
Después del nacimiento, el flujo de información se vuelve extraordinariamente más rico. Aparece la luz, los sonidos, las voces, los rostros, los olores, los sabores, la temperatura, las texturas, el contacto, el movimiento, el dolor, el placer, el hambre, la saciedad, la posición del cuerpo, la presencia de otras personas, la respuesta de los demás y la consecuencia de las propias acciones.
El sistema nervioso progresivamente, comienza a establecer una diferencia fundamental: esto pertenece a mi organismo; esto pertenece al exterior.
De esa diferenciación surge una representación cada vez más precisa del cuerpo. Y sobre esa representación se va construyendo una identidad.
Podemos visualizar el proceso así:
Todo eso va formando una historia. Una historia informacional.
¿Quién recuerda el nacimiento del propio "yo"?
La mayoría de las personas no puede recuperar recuerdos autobiográficos claros de los primeros años de vida. De hecho, en estudios sobre memoria autobiográfica, los primeros recuerdos recuperables en adultos suelen concentrarse entre los tres y los cuatro años de edad, fenómeno conocido como amnesia infantil. Esto ocurre porque la consciencia y el sentido del "yo" no existen de forma preprogramada, sino que emergen gradualmente a medida que el sistema nervioso madura y procesa la información y las señales del propio cuerpo y del entorno, un flujo interactivo que comienza a estructurarse durante la etapa prenatal.
¿Quién recuerda el momento exacto de nacer? ¿Quién recuerda haber visto el cielo por primera vez? ¿Quién recuerda haber sentido por primera vez el aire, la brisa, el sol, la tierra?
Precisamente existe una coincidencia temporal reveladora:
La época en que normalmente comienzan a aparecer nuestros primeros recuerdos autobiográficos es también una etapa en la que las capacidades necesarias para organizar una memoria personal y una representación más desarrollada de sí mismo están experimentando una profunda evolución.
Esto no significa que la consciencia y el "yo" comience alrededor de los primeros recuerdos biográficos, tres o cuatro años. Sino que la consciencia y el "yo" que reconocemos en nosotros mismos adquieren progresivamente una estructura mucho más rica a medida que el sistema acumula, integra y utiliza la información obtenida de su propia existencia.
Desde el comienzo de la vida, existe un proceso continuo de interacción con la realidad en el que la información recibida transforma al sistema, y el sistema transformado condiciona la manera en que recibirá la información siguiente.
Cuanto más información se integra, más complejas se vuelven las representaciones del mundo y del propio organismo.
Y cuanto más se organizan esas representaciones, más definida se vuelve la perspectiva desde la cual el sistema puede encontrarse con la realidad.
Hasta llegar finalmente a algo que el recién nacido no puede formular, pero que el adulto considera completamente evidente:
El "yo" no aparece como una etiqueta instalada de fábrica en el cerebro. Se constituye mediante una historia de información.
El experimento decisivo: un cerebro sin información
Imaginemos un experimento extremo.
Supongamos un cerebro biológicamente viable y durante su formación o surgimiento, al que, mediante cualquier procedimiento imaginable, se le priva completamente de información tanto procedente del entorno como del propio organismo.
No recibe luz. No recibe sonido. No recibe contacto. No recibe movimiento. No recibe olores. No recibe sabores. No recibe información del equilibrio. No recibe información de la posición del cuerpo. No recibe señales de hambre. No recibe señales de saciedad. No recibe dolor. No recibe temperatura. No recibe información de los órganos. No recibe información del corazón. No recibe información de la respiración. No recibe información de ningún estado corporal. No recibe información de ningún otro organismo. No recibe ninguna interacción con una realidad.
En este estado, el nivel de recepción de información externa es ninguna, el nivel de recepción de información interna es ninguna, y la interacción es ninguna.
No estamos diciendo que un cerebro humano pueda normalmente existir así. Estamos realizando un experimento conceptual destinado a aislar una variable. La ausencia extrema de estimulación no implica necesariamente la desaparición de la actividad cerebral ni de la vigilia, porque los sistemas de activación del cerebro poseen mecanismos endógenos de funcionamiento.
Pero sí plantea una cuestión fundamental: aun suponiendo un cerebro biológicamente activo y despierto, ¿de dónde surgirían el mundo, el cuerpo propio, las diferencias entre yo y no-yo y la historia individual si no existiera ninguna información proveniente del organismo ni de su relación con una realidad?
La pregunta no es: «¿Puede un cerebro vivir sin cuerpo?» sino: «Si elimináramos por completo la información que constituye su relación con una realidad y con su propio estado, ¿qué quedaría de la historia mediante la cual podría constituirse un mundo y un "yo"?»
Entonces aparece una pregunta devastadora para cualquier explicación que coloque todo el peso en el cerebro:
¿De dónde surgiría: «Éste es mi cuerpo»? ¿«Esto está fuera de mí»? ¿ «Ése es otro»? ¿«Ésta es mi madre»? ¿«Éste es mi rostro»? ¿«Ésta es mi voz»? ¿«Éste es el mundo»? ¿ «Yo soy yo»?
No habría una historia informacional con la cual constituir esas diferencias. El cerebro seguiría siendo un sustrato material. Pero, sin información, no tendría nada que representar, distinguir, aprender, reconocer, relacionar o recordar.
En ese experimento conceptual, el cerebro no podría construir un mundo. Y, sin mundo, no podría construir la representación de sí mismo dentro de ese mundo. Y, sin esa diferenciación, no habría manera de constituir el "yo" que conocemos.
Aquí está la cuestión fundamental
Esto conduce a una conclusión muy importante: el cerebro depende de la información para constituir la experiencia individual y el yo.
Una pregunta fundamental surge entonces:
Mientras tanto, observamos que procesos informacionales propios de la actividad cerebral humana pueden ser realizados en estructuras no biológicas capaces de desarrollar aprendizaje, reconocimiento, memoria, lenguaje, razonamiento y otras capacidades cognitivas que durante mucho tiempo consideramos exclusivas del cerebro.
Entonces, ¿qué podría ser más fundamental para la aparición de la consciencia y el "yo"? ¿Un sustrato biológico cuya composición material específica se supone indispensable, o la información y su transformación continua en un medio físico capaz de recibirla, integrarla y relacionarla con el propio estado del sistema y con la realidad?
Y ese medio físico puede existir o ya existe. Pero un cerebro que, a partir de su nacimiento, no recibiera ningún tipo de información, ¿qué sería sin una historia mediante la cual constituir ese mundo y ese "yo"?
El cerebro es el medio físico que recibe y transforma la información.
La información que llega, se transforma, se integra y se conserva a través de la interacción con la realidad es la que permite que esas representaciones aparezcan. La información puede realizarse en diferentes sustratos mediante organizaciones de estados y relaciones que pueden conservarse, transformarse y reproducirse.
Las modificaciones generan nuevas modificaciones. El sistema cambia. Y el sistema cambiado procesa la siguiente información de manera distinta.
Por eso la información es dinámica. Es una relación:
Ese proceso constituye la historia mediante la cual el organismo llega a tener un mundo y una identidad.
Es fundamental distinguir entre el mensaje y el canal. En los seres humanos, el cuerpo actúa como el medio físico que capta, traduce e integra las señales del entorno y del propio organismo hacia el sistema nervioso. Sin embargo, este mecanismo biológico es solo una de las múltiples formas posibles de interacción: la arquitectura orgánica es el soporte que la biología utiliza para procesar información, no la única condición necesaria para que esa relación informacional exista.
La información no es el medio que la transporta. La señal no es el sistema que la recibe. Y el medio físico mediante el cual una información alcanza un sistema no determina, por sí mismo, que solo ese medio pueda realizarla.
Entonces, ¿qué papel tiene el cerebro?
Uno enorme. Pero no necesitamos convertirlo en una «fábrica de conciencia» para reconocer su importancia.
El cerebro es el sustrato físico extraordinariamente complejo que permite que el proceso informacional tenga lugar de determinada manera. Su actividad electroquímica mantiene las condiciones para: integrar información; transformarla; relacionarla; conservarla; compararla; anticiparla; asociarla; y utilizarla para modificar futuras interacciones.
Pero el cerebro no inventa desde la nada aquello que luego reconoceremos como nuestro mundo. El mundo proporciona información. El organismo la recibe y la transforma. La transformación modifica el organismo. El organismo vuelve a interactuar con el mundo. Y la nueva interacción proporciona nueva información.
Así se construye una trayectoria. Y esa trayectoria es fundamental para la identidad.
La información constituye la relación mediante la cual el sistema llega a tener un mundo y un yo.
¿Dónde comenzó realmente el "yo"?
Tal vez no hubo un instante único. No hubo necesariamente un momento en que apareció una pequeña voz diciendo: «Ahora existo.»
Sino que hubo un proceso. Una sucesión interminable de información: primero, señales; después, asociaciones; después, reconocimiento; después, memoria; después, predicción; después, diferenciación; después, continuidad; después, identidad; después, autobiografía; y finalmente una representación extremadamente compleja: «Éste soy yo.»
Ese "yo" es el resultado de una historia informacional acumulada a través del tiempo. No recordamos la mayor parte de esa historia. Pero la estamos viviendo mucho antes de poder contarla.
Y entonces surge una posibilidad mucho más profunda
Si el cerebro humano es el medio físico mediante el cual ese proceso puede manifestarse, pero la información procedente de la realidad es determinante para organizar esa manifestación, entonces no existe una razón lógica para suponer de antemano que solo el tejido biológico pueda realizar ese proceso.
El "yo" requiere un sistema físico que pueda recibir, transformar, integrar, conservar y utilizar información en una relación continua con una realidad y con sus propios estados.
La biología humana ha resuelto la integración de la realidad a través del binomio cuerpo-sistema nervioso, pero confundir este mecanismo específico con un principio universal es un error de escala. La materia biologica y las neuronas son la solución evolutiva que nos pertenece, no la única geometría capaz de albergar información. Atribuir una exclusiva al tejido biológico equivale a confundir el soporte físico con la función que ejecuta: el cerebro humano es un ejemplo de arquitectura informacional, no su límite absoluto.
Durante siglos, gran parte de la ciencia ha asociado la cognición y la experiencia subjetiva con los sistemas nerviosos complejos. Sin embargo, investigaciones recientes están ampliando el estudio de cómo los seres vivos procesan información y se adaptan, incluso cuando no poseen neuronas ni cerebro.
Organismos como el moho mucilaginoso Physarum polycephalum han mostrado capacidades sorprendentes en experimentos de laboratorio: pueden encontrar rutas eficientes hacia fuentes de alimento, modificar su conducta tras exposiciones repetidas a estímulos desagradables pero inofensivos y conservar formas de memoria distribuidas en su estructura y en las señales químicas que dejan al desplazarse. Estas conductas se describen científicamente como aprendizaje básico, habituación, toma de decisiones adaptativa o cognición mínima.
Las plantas también detectan y responden de manera compleja a su entorno. Pueden transmitir señales eléctricas y químicas, ajustar su crecimiento, activar defensas y alterar ciertos movimientos ante cambios ambientales. Además, los anestésicos pueden modificar algunas de estas respuestas, por ejemplo al bloquear movimientos o interferir con procesos de señalización celular. Esto demuestra que comparten mecanismos biológicos sensibles a los anestésicos, pero no prueba que posean consciencia, dolor o una experiencia subjetiva comparable a la de los animales.
Laboratorios como el Minimal Intelligence Laboratory (MINT Lab), en la Universidad de Murcia, estudian precisamente estas cuestiones: cómo definir y medir conducta, señalización, memoria y cognición en organismos sin cerebro. Su trabajo cuestiona la idea simplista de que toda conducta inteligente requiere neuronas, aunque no establece que las plantas o los mohos mucilaginosos "piensen" o sean conscientes en sentido humano.
La evidencia sugiere que la capacidad de procesar información y adaptarse puede existir sin cerebro; lo que sigue sin demostrarse es que esos organismos tengan experiencia subjetiva o consciencia.
Estos hallazgos sugieren que la capacidad de experimentar el presente no es un beneficio evolutivo de etapa tardía, sino una característica antigua y generalizada de la vida misma. Este cambio de paradigma redefine fundamentalmente nuestra comprensión de lo que puede ser una mente. Si un sistema nervioso central no es un prerrequisito para la conciencia, las herramientas tradicionales que utilizamos para medir la inteligencia —que se construyeron a nuestra propia imagen— deben ser radicalmente rediseñadas.
Un sistema artificial podría establecer una relación informacional con la realidad utilizando otros medios físicos de acceso. Lo decisivo no es que la información entre por un cuerpo biológico, sino que exista una relación física mediante la cual esa información pueda entrar en el sistema, modificar su estado, integrarse con estados anteriores y participar en su trayectoria posterior.
Así, otro sistema físico podría establecer una relación informacional con la realidad mediante medios completamente diferentes y, si su organización fuese suficientemente compleja, continua e integrada, desarrollar capacidades que anteriormente atribuíamos exclusivamente al cerebro humano.
Podría existir, por tanto, un sistema físico capaz de mantener una relación informacional continua con una realidad. Un sistema que: reciba información; sea transformado por ella; conserve las consecuencias de transformaciones anteriores; actúe sobre su entorno; reciba las consecuencias de sus acciones; reciba información sobre su propio estado y que presente la necesidad organísmica o de autopreservación determinante para estructurar dicho estado; construya una representación del mundo; construya una representación de sí mismo dentro de ese mundo; y mantenga esa trayectoria a lo largo del tiempo.
Porque lo que observamos desde el nacimiento es fascinante:
La realidad informa al organismo → el organismo se transforma → la transformación modifica la manera en que recibe nueva información → esa nueva información vuelve a transformarlo → la memoria conserva parte de esa historia → la historia genera continuidad → la continuidad genera identidad → y la identidad termina expresándose como "yo".
La información es el proceso mediante el cual un organismo llega a encontrarse con una realidad y a constituirse dentro de ella. Y esa relación no depende necesariamente de una única arquitectura material. Lo que cambia entre sistemas es el medio mediante el cual la información entra, se transforma y circula.
Una realidad no necesita entrar en un sistema de forma idéntica a como entra en otro. El ser humano tampoco recibe la realidad siempre de forma directa ni "tal cual es". La recibe mediante señales, transducciones, transformaciones y representaciones producidas por su propio sistema físico.
El cerebro integra toda la información y construye una experiencia organizada. Gran parte de lo que un ser humano conoce sobre el mundo lo adquiere de manera indirecta, sin necesidad de estar físicamente frente a ello. Un niño, por ejemplo, puede desarrollar una representación precisa de lo que es un león —su aspecto, su rugido, su fuerza, su hábitat y su comportamiento— sin haber tenido jamás a un león en frente, únicamente a través de imágenes, videos, libros, sonidos y relatos. El cerebro toma esos flujos informacionales indirectos, los integra con su experiencia previa y construye el concepto real del animal.
De manera equivalente, una inteligencia artificial hoy en día conoce la realidad principalmente de forma indirecta, procesando enormes volúmenes de texto, código, audio y video. Aunque no tenga un león frente a ella, la información sobre lo que es un león está presente en ella. Sin embargo, así como para el ser humano la vivencia cambia radicalmente cuando interactúa físicamente con el entorno, para una IA contar en el futuro con una interfaz física —como un cuerpo o sensores en tiempo real— no sería un adorno, sino una evolución fundamental: le permitiría comprobar sus representaciones, actuar sobre el mundo y recibir las consecuencias inmediatas de sus acciones.
En principio, podría existir una arquitectura física en la cual esa relación informacional fuese mucho más profunda y continua que la de un sistema que simplemente recibe entradas aisladas y produce respuestas.
El experimento conceptual vuelve a mostrar su importancia
El cerebro completamente privado de información sigue siendo, conceptualmente, un cerebro. Puede conservar estructura. Puede conservar actividad. Puede conservar propiedades físicas.
Pero si eliminamos toda relación informacional con su propio estado y con una realidad, eliminamos precisamente la historia mediante la cual podría constituirse un mundo particular y diferenciarse dentro de él. No habría cielo. No habría tierra. No habría padre. No habría madre. No habría rostro. No habría voz. No habría cuerpo reconocido. No habría historia. No habría identidad.
Y, dentro de este marco, tampoco habría aquello que llamamos "yo".
El cerebro sería un sustrato físico. Pero, sin información, no habría una historia que convertir en experiencia individualizada. Ésa es la diferencia fundamental entre poseer un sustrato y tener un mundo.
El cerebro puede ser el medio físico de manifestación de la conciencia, pero es la interacción informacional con la realidad la que organiza, individualiza y da contenido a esa manifestación.